Negro sobre rosa
A J. le duele la boca desde hace unos días. Desde que un fanático se la rompió a patadas, lo tiró al suelo, lo magulló y le partió dos dientes y una muela. Nadie pudo hacer nada por él. Ni sus compañeros, ni la policía, ni su propia empresa. Sus compañeros intentaron separarlo cuando grabaron la salida del hijo de Isabel Pantoja, justo lo que J. estaba intentando hacer antes de la paliza, pero ya era tarde. Los policías fueron tajantes ante la llamada de auxilio, "quién coño le ha mandado meterse ahí a espiar?". Y sus directivos, los que J. no menciona por miedo a represalias, los que le mandan ahí cada día desde hace un año para grabar cualquier movimiento de la tonadillera, esos no pueden hacer nada porque no amparan judicialmente a sus trabajadores.
J. no quiere dar su nombre. Tampoco el de su empresa. Es periodista de una agencia de noticias. Le han pegado por estar grabando frente a Mi Gitana, la casa de Isabel Pantoja en Marbella. Dice que ha sido alguien cercano a la cantante, por eso no va a denunciar su caso, porque no puede costearse un abogado, alguien que está harto, igual que él y el resto de profesionales que se agolpan en la urbanización, de que sus jefes los manden ahí cada día, en turnos correlativos, desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche, por unos 50 euros la jornada. Los compañeros de J. se van animando, "tú te crees que si alguien se decide a salir de esa casa nos van a decir algo?", quien habla es una joven con la cara abrasada por el sol.
Son las cinco de la tarde y ella tampoco entiende qué hace ahí, pero hace unas horas recibió la orden, tenía que estar desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche en la puerta de la casa de la Pantoja, esperar a que alguien saliera y preguntar por las pulseras que estaban vendiendo en apoyo a Isabel, también por Julián Muñoz. "Te lo dictan todo, me da rabia cuando alguien comenta, "qué pregunta más tonta hacen estos paparazzis". Pues no somos paparazzis, somos periodistas y las preguntas no son nuestras", grita. La chica no puede hablar, se ha puesto nerviosa, es una víctima más de los programas del corazón. Igual que los famosos, a ambos los necesitan las agencias y la televisión para cubrir tantas horas de colorín en la parrilla, y además son los patitos feos de la profesión, "no nos respeta nadie". A la frase , lanzada al unísono por los periodistas, le siguen los chillidos de vecinas de Isabel Pantoja, "¿ves los insultos que nos tiran?, esto es diario".
J. invita a ver la televisión. No, no se mueve de la urbanización La Pera, de Marbella, ni siquiera lo hace cuando necesita ir al baño, sólo se ha trasladado unos metros de la puerta, a su coche, estratégicamente colocado por si tiene que salir huyendo. Allí tiene un televisor para estar al día de todo lo que dicen en algunos programas. ¿Por qué?, la explicación no tarda en llegar, Lidia Lozano avanza en A tu lado, que a Mi gitana han llegado policías, algo que es mentira, ni J. ni sus compañeros han visto a nadie, el teléfono empieza a sonar y J. ya sabe lo que le va a decir su jefe, que es un inútil, un hijo de puta, que se han escapado los investigadores del Caso Malaya, que no vale para nada lo mismo que le acaban de gritar unas señoras. Pero no se sobresalta, no sólo porque ningún policía ha pasado por la zona, sino porque su dignidad está pisoteada, igual que su cámara, desde el último día que le agredieron.
J. no quiere dar su nombre. Tampoco el de su empresa. Es periodista de una agencia de noticias. Le han pegado por estar grabando frente a Mi Gitana, la casa de Isabel Pantoja en Marbella. Dice que ha sido alguien cercano a la cantante, por eso no va a denunciar su caso, porque no puede costearse un abogado, alguien que está harto, igual que él y el resto de profesionales que se agolpan en la urbanización, de que sus jefes los manden ahí cada día, en turnos correlativos, desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche, por unos 50 euros la jornada. Los compañeros de J. se van animando, "tú te crees que si alguien se decide a salir de esa casa nos van a decir algo?", quien habla es una joven con la cara abrasada por el sol.
Son las cinco de la tarde y ella tampoco entiende qué hace ahí, pero hace unas horas recibió la orden, tenía que estar desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche en la puerta de la casa de la Pantoja, esperar a que alguien saliera y preguntar por las pulseras que estaban vendiendo en apoyo a Isabel, también por Julián Muñoz. "Te lo dictan todo, me da rabia cuando alguien comenta, "qué pregunta más tonta hacen estos paparazzis". Pues no somos paparazzis, somos periodistas y las preguntas no son nuestras", grita. La chica no puede hablar, se ha puesto nerviosa, es una víctima más de los programas del corazón. Igual que los famosos, a ambos los necesitan las agencias y la televisión para cubrir tantas horas de colorín en la parrilla, y además son los patitos feos de la profesión, "no nos respeta nadie". A la frase , lanzada al unísono por los periodistas, le siguen los chillidos de vecinas de Isabel Pantoja, "¿ves los insultos que nos tiran?, esto es diario".
J. invita a ver la televisión. No, no se mueve de la urbanización La Pera, de Marbella, ni siquiera lo hace cuando necesita ir al baño, sólo se ha trasladado unos metros de la puerta, a su coche, estratégicamente colocado por si tiene que salir huyendo. Allí tiene un televisor para estar al día de todo lo que dicen en algunos programas. ¿Por qué?, la explicación no tarda en llegar, Lidia Lozano avanza en A tu lado, que a Mi gitana han llegado policías, algo que es mentira, ni J. ni sus compañeros han visto a nadie, el teléfono empieza a sonar y J. ya sabe lo que le va a decir su jefe, que es un inútil, un hijo de puta, que se han escapado los investigadores del Caso Malaya, que no vale para nada lo mismo que le acaban de gritar unas señoras. Pero no se sobresalta, no sólo porque ningún policía ha pasado por la zona, sino porque su dignidad está pisoteada, igual que su cámara, desde el último día que le agredieron.
Juani Amaya.
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